Por Juan Camilo Botero, Sintonía de Vida. 

 

En épocas de incertidumbre, donde súbitamente nuestra mente se ve atacada por un evento inesperado, dramático y sin solución a corto plazo, se fecunda sin darnos cuenta el miedo y la angustia en nuestro cuerpo, enquistándose lentamente.

Paso a paso va alterando el ritmo de la vida y reina la adversidad, opacando a la resiliencia, convirtiéndola en un grano de arena tan pequeño que no le damos importancia al sentido de nuestras vidas, y nos perdemos en el mundo externo dejando de escuchar a nuestro mundo interior cargado de sabiduría. 

Nos damos cuenta de que no tenemos control de ningún hecho externo y solo terminamos controlando nuestros pensamientos y emociones. ¿Sucede esto de verdad? Te quiero dar una noticia: no es así.

Profundicemos 

A nuestra mente no le interesa ser feliz, solo le interesa el sentido de la supervivencia, llevándola a unos recursos de alto gasto energético, aumento de hormonas como el cortisol y la adrenalina que al inicio  sirven para estar alerta y en acción, pero de forma crónica gastan y desgastan nuestra fuente de energía, disminuyen el sistema inmunológico, elevan el riesgo de enfermedades cardiovasculares y llevan a síntomas psicosomáticos y patologías como estrés, ansiedad y depresión.

La mente es una antena parabólica que capta las ondas o la energía del entorno, y según la percepción y cómo veamos la realidad, generamos unos pensamientos negativos y disruptivos, con un halo oscuro con emociones de tristeza, angustia, miedo y rabia.

Vemos entonces a lo lejos esa palabra tan conocida pero olvidada en ciertas circunstancias de la vida como es la resiliencia, que autores como el psiquiatra Víctor E. Frankl, quien fue deportado en 1942 a los campos de concentración en Auschwitz y Dachau, en su libro El hombre en busca de sentido, concluye de una manera muy sincera luego de observar a sus compañeros resistir a pesar de condiciones extremas… “tú puedes escoger la mejor actitud para afrontar cualquier situación que te toque vivir…». 

Igualmente, el neurólogo francés Boris Cyrulnik en su libro Los Patitos Feos, quien sobrevivió gracias al cuidado de unas enfermeras que lo escondieron en diferentes lugares como baños para salvarlo de los alemanes en la Segunda Guerra Mundial, hace una reflexión entre la resiliencia (para él es un concepto de la física) y la esencia humana la define como la capacidad del ser para reponerse de cualquier trauma, con la ayuda de dos sentimientos como son la confianza y la seguridad, y un derecho de todos que es la educación. 

Por lo tanto, la resiliencia es ese motor que las personas tenemos para adaptarnos en situaciones de contratiempos y desgracias, pero fíjate que es la gasolina para salir fortalecidos y ver el lado optimista de la vida.  Existen estudios como los realizados por Chárleme Faye y colaboradores, que demuestran que a mayor resiliencia hay mayor capacidad de recuperación de situaciones estresantes, se mejora la calidad de vida y se retrasa el envejecimiento. 

Algo similar lo constituye Pablo Pineda, nacido en Málaga (España), quien con síndrome de Down, y gracias a su resiliencia, logró su carrera de psicopedagogía llegando no solo a ser escritor sino también un gran actor. 

En resumen, la resiliencia es una mezcla de optimismo, esperanza, valentía, realidad que te lleva finalmente a encontrar la razón de ser y de seguir viviendo. 

“En un océano lleno de tiburones, la adversidad te proporciona los recursos para convertirte en el mismo océano”

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